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Mostrando entradas de marzo 3, 2013
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Y TÚ Y YO FRENTE A FRENTE
            Un amor en la sombra Del recuerdo dormido. Caricias que no fueron, Besos que se escaparon Por resquicios del alma. Y tú y yo frente a frente Ante la inmensidad de parejas de cuento, De romances soñados, De voces de ultratumba Que protestan anhelos Que nunca se cumplieron. Y tú y yo frente a frente Sin podernos hablar, Rozando con los dedos El éxtasis, La gloria, Aspirando el aliento De un Eros moribundo. Y tú y yo frente a frente Soñando la utopía, Danzando con la muerte.
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LA MUJER INMOLADA


       Hace tiempo que me enamoré de la Venus de Botticelli. Nada más perturbador que su mirada melancólica, lejana, cargada de la nostalgia de un paraíso recién abandonado para llegar a la playa de la realidad. Años más tarde descubrí los cuadros de Nastagio degli Onesti en el Prado y sospeché con horror que era ella, la Venus, Simonetta Vespucci, sempiterna modelo de Sandro, la que yacía despedazada por los perros en terrible e inacabable tortura.

      No está claro si la creación de El Nacimiento de Venus es anterior o posterior en el tiempo a La Historia de Nastagio degli Onesti. Botticelli se inspiró en un cuento del Decamerón de Bocaccio para realizar las cuatro tablas. En cualquier caso ambas obras fueron creadas alrededor de 1483, años después de morir la modelo de Botticelli. 

          Nastagio está enamorado de una mujer que lo rechaza y pasea desesperado por el bosque, cuando se desarrolla ante sus ojos una escena de pesadilla. Un jinete persigue a una jove…
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LA HUIDA

Le gustaba mirar el beso de la luna, El brillo de las velas, Los destellos del agua. Hablar con los ancianos, con los yonkys perdidos, Con los mil expulsados del mundo y de la vida. Con el árbol Elaboraba idilios como una madre amante, Se abrazaba a su tronco, bebía de su savia. Sabía susurrarte palabras de consuelo Con ojos taladrantes hasta el alma. Y el rocío Le mojaba el cabello como una ducha tibia Que luego el sol acariciaba al alba.
Las estrellas pendían de su techo, Eternas luminarias, Dando luz a sus sueños, Libertad a su vuelo. Y el cazador onírico Desde su cabecera Iba abriendo el camino de su huida.
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WALT WHITMAN

          Hoy, antes del alba, he subido a una loma para ver las estrellas que brillan en el cielo.

          Y le dije a mi alma: "Cuando abarquemos todos esos mundos y el saber y los goces que encierran, ¿estaremos al fin colmados y contentos?"

          Contestóme mi alma: "No; cuando hayamos llegado a esas alturas, habrá que ir más allá."
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NACIERON A LA VEZ

Nacieron a la vez. 
         Separadas por una cortina, dieron a luz sus madres en el mismo quirófano. La niña lloró unos segundos antes, pero ambos abrieron los ojos al tiempo. Paula la llamaron a ella, a él Pablo. Dos años más tarde coincidieron en la misma guardería. Compartían sus peluches y cuando uno de los dos lloraba, el otro le imitaba como si el sentimiento fuese mutuo. A veces se encontraban, acompañados por sus padres, en metro o autobuses y se miraban con curiosidad y sin intercambiar palabra. 
           A los quince años se descubrieron al borde de una piscina pública. Paula llevaba un sucinto biquini rojo, Pablo un bañador con dibujos marineros. Inmóviles y rodeados por sus respectivos amigos, se acariciaron con la mirada hasta provocar las risas de todos. Paula se tiró al agua para disimular su turbación, Pablo prefirió volver a casa con una extraña sensación de amargura. 
               Muy a menudo se cruzaban por la calle o se sentaban en la oscuridad…
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EL CEDRO COMO YO
Los días han caído desde entonces, Hojas de un calendario. Mi cedro permanece inconmovible, Luminoso estallido de un segundo. Él se acuerda también, estoy segura, Mas no atiende a preguntas. Sólo agita sus ramas con el aire, Como agita la vida el pensamiento. Contempla quieto incendios estivales Como yo las pasiones de los hombres Y el aullar de los perros le estremece Como a mí la nostalgia, La crueldad, El presagio de las limitaciones, El desamor, la soledad, la ausencia, El hambre de respuestas.
Mi cedro sabe que mi identidad Fue suya una mañana. Compartimos la hoguera incandescente Que hizo brillar todos nuestros fluidos. A él su savia esmeralda. A mí, sangre escarlata. Con el mandato de “Hágase la luz” Sus miembros verdes y mis huesos cansados Se fundieron en un solo latido. ¿Milagro de la vida? ¿Desafío a la física? ¿Vértigo ascensional? ¿Huida del averno hasta lo etéreo? Mi cedro y yo callamos.