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Mostrando entradas de julio 28, 2013

sorprendentemente

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A SAN JUAN DE LA CRUZ (Entréme donde no supe/ y quedéme no sabiendo/ toda sciencia trascendiendo...)



Sorprendentemente
A ciegas Entré donde entraste tú. No había nadie, es verdad, Pero el súbito relámpago de mil soles no creados, La explicación sin razones, El flujo de la existencia sin principio ni final, Me hizo flotar cual ingrávida pavesa Por la dicha de una mente Que no conoce fronteras, Por el amor del amigo que con los brazos abiertos Coge tu leve equipaje, Te cede un puesto en su mesa Y te susurra palabras que jamás has escuchado Para borrar tus recuerdos, Diluir tu identidad, Dar sentido al sinsentido, Orden a la confusión,
Tu sangre en clímax gozoso Se ha espesado en miel dorada Y tú con él sólo Uno Te resistes a volver. Mas la vida te reclama, Y aunque todo en derredor lance destellos de luz Te sepulta, Te desquicia, Vuelve a colocar zapatos en tus alas Y la oscuridad te cerca,
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PARTÍCULA Y ONDA

Me tienen boquiabierta las posibilidades de la física cuántica y me hacen meditar en el albur insólito en el que estoy inmersa.
¿Soy partícula y onda?

Si soy un universo conformado
por millones de átomos tangibles, soy tierra y agua y aire, soy llanto y carcajada y nacimiento y vida
y muerte irrevocable al mismo tiempo.
Pero si además soy onda o parpadeo, fantasía o proyecto,
capricho o afición del inmortal mirón que me contempla entonces su ojeada me convierte
en un fulgor eterno.  
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Haruki Murakami

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir cruzándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.