Google+ Followers

6 de noviembre de 2015

EL PENSAMIENTO ÚNICO



El pensamiento único se despertó una noche
con ansia de diálogo.
Caminó por mil calles solitarias de su ciudad en ruinas,
pero no encontró a nadie.
En rasgados cendales de ventanas
tejían sus mensajes las arañas,
y el viejo campanario
seguía convocando a las cruzadas.

El pensamiento único cruzó el muro de piedra,
levantado a lo largo de los siglos,
y se encontró a un poeta trashumante.
Lo esquivó. Tuvo miedo del veneno letal
que escondía en su pecho:
un depósito ingente
de anhelos y quimeras desbocadas.

Tampoco quiso hablar
con un par de inventores de prodigios,
que son esos que enredan con ideas
los caminos que tienen las metas prefijadas.
¿Y qué decir, amigos, de ese loco,
que se obceca en luchar por la justicia?
A ese fingió no verle
y pasó disfrazado con peluca
y con toga de honesto magistrado.

Después de dar mil vueltas,
optó por regresar al resguardado hogar
que le albergaba.
Nadie puede negar que lo intenté,
rezongaba enojada nuestra exclusiva idea,
imposible el diálogo con los que se han negado
a debatir conmigo,
es gente contumaz, de pensamiento único.

Y volvió a platicar consigo mismo.

  

1 de noviembre de 2015



CON ESA INGRATITUD

Con esa ingratitud de los párvulos años
les gritaba:
“¡Yo a nadie le pedí venir al mundo!
Y ellos, maniatados por pactos de secretos ajenos,
destilaban silencios y miradas furtivas.

Fueron los suyos días de las mil prohibiciones,
días de cantilenas de misas y beatas.
Amar era pecado,
y el odio hacia el hermano era virtud bizarra
en el nombre de Dios y de la Patria.
Con el yugo y las flechas,
asfixia y amenaza de la idea,  
se marcaban los nombres de los pueblos
y el luto de las muertes silenciadas
velaba las pupilas.

Pero ella era muy joven y a salvo de la muerte,
sus únicas batallas eran contra las normas
que aprisionan pasiones, que encierran los deseos
y que impiden rasgar el fin del horizonte.

Era tanto su peso de amargura que tenía que huir
para salvarse,
volar hacia las nubes sin descanso
hasta quemar sus alas.
¿Me habéis dado la vida? ¡Vaya cosa!
¡No es regalo, es veneno!
Así gritaba quien era la invención
de la noche de un dios enamorado.

Los años han cubierto con silencios de nieve
quejas y rebeldía.
Ya sabe que vivir es la mayor ofrenda
y, aunque tarde, 
quiere escribir su gratitud ardiente
encima de las olas que les sirven de lápida.






  


EL ESPEJO Me llevé el espejo de la abuela porque allí descubrí mis pechos expectantes ante el anuncio de la primavera. Dent...