19 de diciembre de 2016

PREGUNTAS 




    
            Yo tenía ya dieciséis años y estaba próxima la fiesta de Reyes. Seguramente mi madre no sabía qué comprar a una adolescente rebelde y protestona que hacía años había dejado de creer en tres monarcas ataviados con ropas raras, que se trasladaban en camellos, allanaban domicilios y eran capaces de dejar juguetes a todos los niños del país en una sola noche. La leyenda era preciosa, pero no tenía mucho sentido que mi madre comprara, como mágico regalo para su hija mayor, un pequeño piano de plástico con una sola escala. Cuando lo vi, colocado junto a los juguetes de mis hermanos más pequeños, me quedé a cuadros. No fui capaz de protestar, solo pronuncié un gracias llena de estupor.
               
              Tengo que decir que en aquella época me encantaba Paul Anka, sin duda la estrella musical más admirada en los guateques. Soñaba con tener su mejor disco, "Diana" - él decía Daiana - pero claro, sin tocadiscos, en casa no había dinero para eso, era difícil poder escuchar la canción. Yo no sabía música y aún no me explico cómo pude encontrar entre las siete notas simples de la escala de aquel juguete la melodía que tanto me gustaba. Debió de ser un ejercicio de increíble paciencia - virtud rara en mí - el buscar una y otra vez mi canción aporreando las teclas. Cuando lo conseguí, llegué a tocarla sin mirar, a toda velocidad, y luego aquel instrumento absurdo quedó olvidado para siempre.

"Soy tan joven y tú tan vieja, 
esto, querida, ya lo había dicho. 
No me importa lo que digan ellos, 
porque siempre rezaré. 
Tú y yo seremos libres 
como los pájaros en los árboles 
Ooh, por favor, quédate conmigo, Diana".

          Esta es la traducción de la letra, que entonces yo no entendía, ya que en el colegio se estudiaba francés. Ahora sé que sin duda es una oración. Nueve años después nació mi hija. La adolescencia era algo olvidado y se había llevado consigo a Paul Anka, sus canciones, los guateques y en buena parte mi rebeldía. Pero no lo dudé, mi hija se llamó Diana. Y ella siempre dijo de sí misma - no sé por qué - que era un alma vieja.
               
               "Por favor, quédate conmigo, Diana". En mi caso el deseo no se cumplió.
              
                ¿Me traicionó el subconsciente recordando a mi admirado cantante de otros tiempos? O más bien, ¿el tiempo secuencial, tal como lo percibimos nosotros, no existe y es todo simultáneo?